sábado, 10 de noviembre de 2012

Una quimera se ha puesto en marcha

Reflexiones sobre el 8 N

La noche invitaba a salir, en la ciudad de La Plata. Día cálido, con pequeños ramalazos de viento que traía un poco de fresco y aliviaba el calor sofocante. Pero se sabe que en esta ciudad y en otras tantas,  no se puede disfrutar al aire libre porque, desde los cuatro puntos cardinales, se puede aparecer un amigo de lo ajeno, que puede finiquitar, en un instante, su apacible vida. Afortunadamente unos días antes, nos habíamos puesto de acuerdo con una amiga, de hace más de cuarenta años, para concurrir a la movilización del 8 N.
No es la primera vez que concurro a una manifestación popular. En el año  1959, ya como maestra titular en el distrito de Berazategui, protagonizamos una huelga histórica, en la cual solicitábamos equiparar los sueldos de los maestros de provincia con el de nación, jubilación móvil del 82%, bonificaciones por antigüedad y jerarquía y la modificación del Estatuto del Docente. Concluida la huelga que duró más de un mes, se formó la FEB. (Federación de Educadores Bonaerenses). Durante la huelga, como circulaban comentarios que iban a mandar maestros suplentes para ocupar nuestros cargos, los organizadores dispusieron que se formaran piquetes para impedir la entrada de los suplentes. Claro que era un piquete acorde a las costumbres de la época. Para empezar, a las ocho de la mañana, alguien nos traía un banco de esos de cocina, ¡laaargo! que ubicábamos enfrente de la escuela, donde aprovechábamos el tiempo para tejer, intercambiar recetas de cocina o conversar sin descanso. Como era una ciudad sindicalizada, fue interesante y digno de destacar el apoyo de las madres que nos traían tortas, masas o emparedados  para tomar con el mate.  Nos daba esperanzas que  la huelga no iba a terminar en cesantía, las palabras del Gobernador Dr. Allende, quien había manifestado comprender la lucha de los maestros porque su madre -también había sido docente- percibía escasa remuneración y en décadas anteriores, pasaba hasta seis meses sin cobrar. Pese a la preocupación por el futuro, resistimos y se lograron algunos de los objetivos.
Luego decidí participar en una manifestación que se realizó en la plaza San Martín de la ciudad de La Plata para protestar por la sanción de las leyes de “obediencia debida” y “punto final”. Menos mal que me encontré con un conocido que participaba en los viajes del Centro de Residentes de Tapalqué. Estaba acompañado por un grupo de personas. En general, había muy poco gente, muchos “observadores” y nos filmaban desde la terraza de la Casa de Gobierno.
Años después, organicé y participé de la marcha “No se olviden de Cabezas” en la plaza Adolfo Alsina de Tapalqué. Me acompañaron maestras jubiladas a las que agradezco y rindo homenaje, pasados los años. No era fácil, en esos tiempos -en Tapalqué- llevar adelante una iniciativa que no fuera programada por  las dependencias oficiales, más aún si era de protesta. La gente no concurría. También, en esa oportunidad, abundaron los veedores que  pasaban a cada rato (en auto, bicicleta, o a pie) para ver que hacíamos. Éramos muy pocos los participantes, pero se realizó en tantos pueblos del país que pocos días después, se detenían los que después fueron acusados del crimen.
Participé en otras, pero explicarlas llevaría tiempo. Comparada con la actividad movilizadora de otros dirigentes, la mía ha sido mínima, si se quiere, pero alcanza para conocer las dificultades que trae marchar con consignas opositoras, aunque tiene la  ventaja que no se habla de oídas. Desde esa óptica, me asombró la cantidad de personas que se reunió el 8N, la corrección de sus participantes y la justeza y concisión de sus reclamos. 
Mientras esperaba que llegara mi amiga, ya la gente empezaba a caminar hacia el centro de  la plaza Moreno. Lo hacían con paso firme, decidido, algunos solos, otros en grupos por las distintas callecitas, pero lo que más llamaba la atención eran los autos que circulaban por el lugar que, con  el sonido de sus bocinas,  se adherían a la manifestación que alboreaba.
Cuando nos encontramos, buscamos un banco donde yo me senté batiendo palmas, mientras mi amiga sacaba un platito de acero inoxidable y una cuchara de la cartera y empezaba a cacerolear. Luego vinieron otras mujeres que se sentaron en lo que quedaba del banco y compartimos una noche con una banda como fondo, las disonancia de las cacerolas y los aplausos rítmicos de los que sumaban sus palmas al concierto generalizado. Las banderas argentinas abundaban. Confieso que no me sentí molesta por los carteles que se exhibían, podría haber suscripto cualquiera de los reclamos que leí: “no a la reforma constitucional”,  “independencia judicial”, “en apoyo a la educación”, “mayor lucha contra la inseguridad, la corrupción, la  inflación y en contra del cepo cambiario”, entre otras.
 Luego así como había llegado,  pacífica y lentamente la gente se empezó a desconcentrar. Con mi amiga nos fuimos a comer una porción de pizza que no suele ser un bocadillo de clase alta precisamente. Y esperar al día siguiente los comentarios.
La objeción más repetida es la falta de dirigencia opositora, urgen a buscar un referente o líder para que conduzca a los manifestantes  y  lleve las ideas con proyectos y propuestas al Congreso. Estas críticas llevan en sí su propia contradicción  ¿O no hemos visto, a los señores legisladores oficialistas, bajar al recinto con un proyecto y apoyados en su mayoría, decir que no le van a cambiar una coma, sin tener en cuenta la opinión de los opositores?
Como mencioné anteriormente, quienes manifiestan indican a través de sus carteles los temas que a su juicio no están marchando bien. Cuando una bandera argentina, aparece con la inscripción “Basta de muerte”, no se necesita mayor aclaración.  El oficialismo es quien debe implementar sus propias propuestas con más eficiencia, por supuesto, porque  son los que ganaron las elecciones y tienen el poder. Cuando un cartel reclama: seguridad, educación, independencia judicial,  está indicando que esas áreas no funcionan bien y quienes deben realizar los cambios, son quienes conducen, disfrutan de las prerrogativas del cargo y cobran el sueldo para llevar adelante sus proyectos y realizar las modificaciones pertinentes. Si los manifestantes indicaran como deben hacerlo, uno imagina la respuesta, desde la soberbia de la función que desempeñan.
Y en cuanto a buscar un líder para que conduzca a los manifestantes, ese sería el principio del fin. Se introduciría un elemento divisorio, cuando aún no se ha alcanzado la madurez necesaria.
Una quimera se ha puesto en marcha. “No existe en el mundo nada más poderoso que una idea a la que le ha llegado su tiempo” (Víctor Hugo – 1802-1885 – poeta y novelista francés).  No hay que apresurarse. Las sugerencias sobre buscar un dirigente, responde a la ansiedad de otros, no de los participantes. Por lo menos, hay tiempo hasta el 2015 cuando termina el mandato constitucional. Cuando el proyecto esté maduro, el dirigente aparecerá sólo. Quienes coincidan con sus propuestas lo seguirán, quienes no, buscarán otra opción, pero, sin ninguna duda, la democracia saldrá fortalecida.                                                                             
  GSF 

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