miércoles, 1 de septiembre de 2010

CUENTO - Beba Lapasta


DEJAME QUE TE DIGA AHORA

Antes de que la memoria me juegue una mala pasada y una mañana me despierte y no los reconozca.

Y no pienses por eso que amanecí depresiva, porque no es así.

A los de mi edad a veces, nos da por recordar y no sabemos si los recuerdos vienen o somos nosotros quienes lo llamamos.

Sabés, a mi me gustaba ir los sábados a la tardecita al viejo cine de mi pueblo, que dolorosamente, ya no existe.

Y me refiero a aquél, de pisos de madera, con los carteles de las próximas películas colgadas en la pared, con sus butacas de madera lustrada, con los números de chapa blanca pegados en la parte posterior.

Aún me parece que siento el olor a gasoil con el que lo limpiaban para ahuyentar de paso a las pulgas.

Con las monedas justas para las entradas y algunas más para comprarle caramelos a mi hermano menor. (Porque nosotros siempre andábamos con lo justo).

Con un tapado de paño que por fuera parecía recién comprado, pero a mi me traspasaba el frío en el invierno, y mis zapatos de tacón que me hacían lucir unos centímetros más alta.

Recuerdo que el operador, fue durante muchos años, un viejo amigo de todos…le decíamos “Canasta” Arias, creo que su nombre era Eduardo pero allí lo perdió para siempre.

Cuando las películas en blanco y negro, cansadas de rodar por los rollos de metal, se cortaban justo en medio del mejor episodio, comenzaba la silbatina o el zapateo hasta que aparecía el acomodador, con una linterna y se hacía silencio, como en misa.

Antes de la función y en el intervalo aparecía el vendedor de golosinas: lo único que podíamos comprar eran unos enormes y duros caramelos de leche ( creo que su marca era “Cremalín”), difíciles de comer, que nos duraban como veinte minutos en la boca y a mi, me provocaban tos.

Nunca olvidaré la primera vez que vimos un filme en colores.

Habían anunciado por la propaganda callejera que el cine tendría pantalla en “cinemascope”.

Después de tantos años de ver en blanco y negro, era para nosotros lo que significó ver televisión en colores no hace mucho tiempo.

Pero sucede que estas imágenes, ocupaban toda la pantalla.

En esa oportunidad, éramos más chicas, fuimos solamente mis dos hermanas y yo.

No me acuerdo cómo se llamaba la película, pero si el detalle: creo que se trataba de un gringo, que empeñado en no dejar su cosecha de algodón para el gobierno, a los gritos de :-¡esta tierra es mía y no me la van a quitar!- prendió fuego el algodonal.

Las llamas ocuparon toda la pantalla, el crepitar del fuego aún resuena en mis oídos…

En ese momento, mi hermana mayor, tomándonos de las manos, dijo:-¡el cine se quema!¡vamos para casa!-

Salimos desesperadas por el pasillo del medio corriendo a todo correr hasta que llegamos agitadas a nuestro destino.

Si te preguntás por qué no voy al cine, tengo que decirte algo: siento nostalgia de la incomodidad, del frío, de las películas de Chaplin, de Laurel y Hardy…de los “Cinco grandes del buen humor” y del maestro Sandrini…

Y sí, es cierto que a veces se me ponen los ojos rojos, pero sé disimular tan bien, que te digo que la culpa la tienen esas gotas nuevas que me recetó el médico…

BEBA LAPASTA

2 comentarios:

quela dijo...

Hay BEBA, me siento tàn identificada con vos, porque mi mamà y yo tbn. èramos adictas al cine teatro San Miguel, que a fuerza de no tener para viajar, conocimos el mundo allì, te puedo describir la Fontana di Trevi, la Torre Eiffel,los jardines colgantes de Babilonia, el Coloso de Rodas y tantas cosas maravillosas, qu vì en el cine de Canasta nuestro gran amigo.- Y cuando lo comprò Don Pantaleòn Cisneros, yo fui su vendedora de entradas hasta las 11,15, que terminaba la primera peli... yo aprovechaba y veìa la segunda , y al dìa siguiente Canasta las invertìa y yo veìa las dos, de jueves y sàbado y dos el viernes y domingo.- Añoro como vos el olor a pisoleo pulgas mediante.- Un Beso.-

BEBA dijo...

Gracias Quelita yo también aprendí a conocer un mundo desconocido e inalcanzable gracias a nuestro viejo y querido cine San Miguel.