domingo, 11 de abril de 2010

Rumbo al Bicentenario


(Enviada por un lector de Tapalqueneros)

Expedición a las Salinas Grandes de La Pampa
A quince días de la revolución de Mayo de 1810, la Junta ordena al coronel Pedro Andrés García que organice y dirija una expedición a las Salinas. Podría extrañar esta preocupación en tiempos de tan urgentes y gravísimos problemas; pero la provisión de sal para la ciudad constituyó una seria preocupación por tratarse de elemento imprescindible en la dieta familiar; además era fuente de recursos para las arcas públicas. Cuando se vislumbraba el agotamiento de los depósitos, se proclamaba por bando la preparación del viaje. Luján solía ser el punto de partida preferido. No se trataba de una excursión placentera. Requería el aporte de hombres, animales, medios de transporte y bagajes en cantidades cuantiosas, sin contar con la escolta militar. En tiempos del virrey Vértiz llegó a armarse una tropa de 600 carretas. La que salió a fines del año de la Revolución fue más modesta: 25 carretas para transporte de personas, herramientas, armas y enseres; 175 para cargar la sal, 55 de media carga, 7 carretones, más de 2.000 bueyes y medio millar de caballos, todo lo cual fue atendido por 407 hombres de trabajo y de guerra.
El avezado conductor fue el coronel García, perito en rumbos y rastrilladas, diestro en la labor del campo, jefe a la vez comprensivo y enérgico y hábil diplomático con los caciques indígenas. Tenía que habérselas con el abigarrado contingente y encauzarlo en la disciplina. Paisanos ansiosos de aventura, gauchos matreros, boleadores errantes de ñandúes y baguales; el paisanaje todo se concentraba ante el anuncio de una expedición a las salinas.
Las pulperías irradiaban el mensaje. Las carretas disponibles comenzaban el bamboleo de su mole por las huellas desparejas de la pampa hacia el punto de reunión. La capacidad y agallas del jefe se ponían a prueba. El capataz de la tropa, hombre experimentado y de autoridad reconocida, iniciaba su difícil tarea de organizar aquel mundo inquieto y levantisco.
Los peones y boyeros practicaban su destreza en todos los momentos. Los milicianos cargaban el escueto parque de cañoncitos, más ruidosos que contundentes, y preparaban las armas para afrontar el peligro de las fieras y de los indios. Y así, aquella caravana se internaba, tras el misterioso horizonte de la pampa, por centenares de leguas y de días. Afrontaba vicisitudes de toda índole en las duras jornadas, abandonada a su suerte. En el mejor de los casos, llegaba feliz a las Salinas Grandes (en jurisdicción de la actual provincia de La Pampa). Allí empezaba la etapa del trabajo rudo y la carga penosa de las carretas, cuyos ejes formidables solían ceder bajo el peso o el sacudón del barquinazo. El viaje de ida y de retorno jalonaba la huella de despojos. Los encuentros con la indiada rebelde solían ser el episodio dramático y a veces trágico.
Estas expediciones fueron aportes esforzados, sin alharacas, con frecuencia heroicos, que nuestros paisanos ofrendaron a la sociedad.
El regreso de las cargadas carretas habrá suscitado acaso comentarios y plácemes, pero cuando los meses se alargaban sin noticias, ¿pensaría la gente de Buenos Aires en los accidentes graves, en la inundación traicionera, en el ataque alevoso que podrían haber convertido el "misterioso desierto" de la pampa en la fosa común, cubierta paradójicamente por el blanco sudario de la amarga sal?
Federico Oberti: Setecientas leguas en carretas, en busca de la sal para la ciudad. (En: Selecciones Folklóricas Códex, mayo 1966). Samuel Tarnopolsky, autor de Alarma de Indios en la frontera sud. (En: Selecciones Folklóricas, septiembre 1965).
Crónica Histórica Argentina

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